El agua tranquila

No lo consiguieron, Federico,
Tu agua verde desborda aún la acequia. 
Manantial de pupilas oscuras,
La muerte te mira
Como un insecto pasmado. 

Castañuelas de musgo
Quieren que sean sus botas azules. 
Verde tacto en tus manos, verde
Canción de fuente mora,
De espejo tranquilo sin saltos de agua. 

Chorros de pisadas,
Infarto de fusil embarrado en la cuneta. 
La muerte vino, fuiste tú a su encuentro,
Pero nunca pudo deshacerte. 

No quedan tus heridas solo, Federico, 
Sino un aljibe de ojos blancos,
Magnolias que estallan
Entre escombros de hojas cualesquiera.

Epifanías

Laberinto de epifanías
en las que se espera al minotauro.
Sus calles por las que no pasa nadie
aguardan un sereno que las despabile.
Teseo anduvo ayer por aquí:
señalando con tiza un hilo
que habrás de seguir si quieres
recuperar las rimas,
el tamiz.

Sin saber si estás presente
o ausente. Sin conocer tu nombre,
ni tus apellidos, apenas te muestras
como un señuelo escurrido.

Llegarás, como tus ancestros,
a acariciar una ciega caracola
de la que nacen sonidos
que todos llaman palabras.

Escucharás el sonido del mar,
o mejor dicho, el ronroneo del océano
ventilar las oquedades de tu garganta.
Te llamarán pescador, como tu padre,
mas no te importará.

¿Acaso miraste alguna vez
las pálidas líneas de tus manos?
¿Acaso creíste que te llevarían
hacia algún claro en el bosque?

Duermes en la luz preclara de la mañana,
sesteas en el horizonte de la tarde.
Te vistes con el atardecer
que estaba ya cuando llegaste,
mas te darás cuenta que tan sólo estarás tú
cuando la noche parezca mover las olas en tu nombre
y te pida un nuevo eco en tu oreja de caracola.

Oporto, 2017


I
Te puedes sentar en los bancos inexistentes
del barrio de Ribeira y contar gaviotas.
Deshojarlas con la mirada
hasta que queden imberbes,
y aprender que el pescado va primero a Matosinhos,
donde florecen las parrillas a eso de las ocho.


En Oporto he visto
cómo el sol, en la misma Rua das flores
distingue las joyas de las plantas
y cómo del brillo que aquel les da
depende el futuro de la semilla y del mineral.


Las dos murallas caminan
En tiempos dispares,
Al igual que ahí la luz
parte a alumbrar
la mica: pasos de sol que,
como el granito,
se endurecen al contactar con las raíces.


II
Si cruzas el puente podrás salir de la ciudad
y observar la isla
y adentrarte por callejuelas adornadas de bodegas.
En ellas se hacen las cubas en las que envejece el vino
Que luego darán gusto al whisky
Y más tarde al ron.


¿No has aprendido que los nuevos
Sabores y olores nacen
De la perversión del odre?
A Oporto habría que volver, antes de que la ciudad
se derrumbe y el río se la trague entera
y sólo queden las grúas,
como jaulas
sin pájaros que vestir.


La decadencia es una pausa al hablar, una forma de andar
acompasada con el oleaje que se oye, pero no se ve.
Sería una lástima volver a Oporto
con la ciudad ya acabada
y las casas de Ribeira luciendo colores almibarados.
No verla caerse y agotar sus cicatrices…
No ver en ella el síntoma de cada ciudad
gritar una extinción para que las ruinas permanezcan.