Oporto, 2017


I
Te puedes sentar en los bancos inexistentes
del barrio de Ribeira y contar gaviotas.
Deshojarlas con la mirada
hasta que queden imberbes,
y aprender que el pescado va primero a Matosinhos,
donde florecen las parrillas a eso de las ocho.


En Oporto he visto
cómo el sol, en la misma Rua das flores
distingue las joyas de las plantas
y cómo del brillo que aquel les da
depende el futuro de la semilla y del mineral.


Las dos murallas caminan
En tiempos dispares,
Al igual que ahí la luz
parte a alumbrar
la mica: pasos de sol que,
como el granito,
se endurecen al contactar con las raíces.


II
Si cruzas el puente podrás salir de la ciudad
y observar la isla
y adentrarte por callejuelas adornadas de bodegas.
En ellas se hacen las cubas en las que envejece el vino
Que luego darán gusto al whisky
Y más tarde al ron.


¿No has aprendido que los nuevos
Sabores y olores nacen
De la perversión del odre?
A Oporto habría que volver, antes de que la ciudad
se derrumbe y el río se la trague entera
y sólo queden las grúas,
como jaulas
sin pájaros que vestir.


La decadencia es una pausa al hablar, una forma de andar
acompasada con el oleaje que se oye, pero no se ve.
Sería una lástima volver a Oporto
con la ciudad ya acabada
y las casas de Ribeira luciendo colores almibarados.
No verla caerse y agotar sus cicatrices…
No ver en ella el síntoma de cada ciudad
gritar una extinción para que las ruinas permanezcan.