Cuento infantil en Moria

 Agota Kristof

Claus y Lucas. Primera parte: El gran cuaderno

Libros del Asteroide

Claus y Lucas, Agota Kristof (enero 2020 bis) - ¡¡Ábrete libro!! - Foro  sobre libros y autores

Esta podría ser otra historia de un par de niños que resultan ser unas bestias, una historia derramada por apenas doscientas páginas. Unas bestias que colaboran con la imperturbable, sucia y dura abuela que les confiesa una y otra vez que son lo peor que le ha pasado en la vida, después de dar a luz a su hija. Los dos niños son los nietos, obviamente, hijos de una madre que no tiene con qué alimentarlos y que ha decidido quedarse en la ciudad y entregárselos a la abuela, quien tiene al menos una viña y recursos escasos aunque suficientes. 

El único lugar en el que figura el nombre de los niños es el título de la novela. A través de la historia ellos no tienen nombre. Incluso andan confundiéndose uno con el otro, sin saber el lector cuál de los dos es el narrador. A menudo parecen ser ambos los que escriben en este gran cuaderno. Los niños sin nombre se dedican a aprender, lejos de cualquier sonata educativa mínimamente edificante, es decir, que aprenden a soportar la pobreza, la muerte, el hambre y, en definitiva, todo lo que conlleva la guerra. A menudo, en este ambiente concretado por un pueblo de frontera desde el que la guerra se huele a solo unos kilómetros, ellos dedican sus cuerpos a extremos ejercicios espirituales, los cuales recuerdan a las pruebas de unos santos que deben protegerse de todos los pecados del mundo material. Educan el cuerpo y el alma, se muestran sobrios, quieren ser respetados, se ganan la vida como buenamente pueden. Pero también son piadosos. Conocen a Cara de Liebre, que será brutalmente asesinada por los supuestos salvadores. A ella la toman como una hermana y, en su inocencia, la protegerán de los abusos del cura del pueblo. Todo está relacionado, un texto nos lleva a otro, y así Cara de Liebre les conduce al cura y su biblioteca, de donde obtendrán una educación que no por ser austera es menos intrépida, teniendo en cuenta que en la guerra los libros son siempre cosas que arden bien y a montones.

La historia es brutal, pero contada con una sencillez y dureza que reduce el lenguaje a un receptor descriptivo en el que cualquier atisbo de lirismo no tiene lugar alguno. Se describe lo que pasa. Se muestra, pero nunca se entretiene al lector con dulces palabras o frases hermosas. En esta desnudez del lenguaje, en este recoger detalladamente lo que puede ocurrir en tiempos en los que la guerra se adueña de la vida, se puede reconocer, sin embargo, tanto el cariño tosco de la abuela hacia ellos, el cual se viste en su boca en una necesidad apremiante de mano de obra, como los destellos de ternura de diversos personajes hacia la turbadora serenidad y dedicación de los niños a instruirse en la brutalidad de un mundo que, para bien o para mal, es el suyo.

La historia me ha recordado a un artículo que leí esta mañana acerca de los niños en Moria. Nos olvidamos a veces que la infancia es patrimonio dulcificado y tiernamente arropado en Occidente, mientras no es contemplado con la mínima piedad en los lugares donde se hacinan los seres humanos que el primer mundo no necesita. No conviene dedicarse a suplantar la voz de los niños, sus palabras, por los artículos de navidad que les entretendrán al calor del televisor. En el libro de Agota Kristof los niños son fuente de cuidados hacia la abuela, la cual, pese a su testarudez, les protege y les alimenta. Ellos son fuente de, quizás, algo mejor. En cualquier caso, esos niños sin nombre no son a los que legar un futuro, sino que además serán los que nos pueden construir un mundo cuando nosotros ya no tengamos fuerzas. 

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